Desde hace unos días se presenta en Santiago el nuevo Concurso
de Arte E. León Jimenes. Los organizadores, muy amables, me
invitaron a la apertura y a una posterior gira explicativa de la
exposición alojada en el Gran Teatro del Cibao. Decliné la
invitación debido a otros compromisos, pero la verdadera razón de
mi apatía eran las imágenes de las obras premiadas, reproducidas
en la prensa.
Se ha premiado, fundamentalmente, la fotografía. La pintura y
la escultura han sido excluidas. La ventaja de esto es que para
ver fotografías no es necesario trasladarse, hacer la travesía ni
estar allí, de cuerpo presente, en la ciudad de los treinta
caballeros. Pero en esa "ventaja" yace la diferencia entre el arte
y la fotografía. La fotografía se reproduce de manera perfecta en
catálogos y libros. No hay pérdida de detalles. La fotografía es,
en sentido absoluto, bidimensional. Con la llegada de las
tecnologías digitales, cualquier fotografía puede reproducirse,
con medios mecánicos de impresión, un incontable número de veces
sin que se advierta variante alguna. Una escultura y una pintura
no.
La obra de arte es única e irrepetible. La reproducción
fotográfica de una obra de arte apenas nos acerca a un aspecto de
su realidad. Para apreciar plenamente una obra de arte el
espectador tiene que estar presente, frente a ella, de manera
directa. Desde lejos podemos empezar a admirar El David o la
Piedad de Miguel Angel, podemos asombrarnos ante el Guernica de
Picasso, o ante las pinturas eróticas de las cuevas de Ajanta.
Pero para apreciarlas en toda su dimensión, peso y medida no hay
sustitutos ni reproducciones que valgan. Lo mismo ocurre con la
música. La diferencia es abismal, entre estar presente en la Opera
de Salzburgo y escuchar Aida, de Verdi, conducida por Herbert Von
Karajan, que escuchar su reproducción en un disco compacto. La
reproducción digital de los sonidos, por exacta que fuera, no
sobrecoge ni impresiona los sentidos del espectador de la misma
manera.
Esa comunicación inmediata, que no admite mediador alguno,
entre obra de arte y espectador marca una diferencia que ha sido
obviada por quienes tuvieron a su cargo la premiación del concurso
de E. León Jimenes. La fotografía, el cine y el video se
reproducen incontable número de veces y no exigen la singularidad
de la pieza original. Por tanto, las artes plásticas no deben ser
puestas a competir juntas con las artes visuales, simplemente
porque no son categorías semejantes.
Los artistas plásticos realizan sus obras directamente con las
manos y con útiles que les ayudan a transformar ellos mismos la
materia. Esos instrumentos podrían ser mecánicos, como un taladro,
un soldador, un soplete... no importa. Lo que importa es que la
obra realizada sea auténtica, única e irrepetible. La imagen
mental del artista ha sido convertida en realidad física,
concreta, material. Su ingenio y su talento le permiten alcanzar
un mayor o menor grado en la calidad de la ejecución.
Esa calidad, apreciada dentro de una vasta experiencia de
ensayo y error, marca la diferencia de calidad entre las obras de
arte. De la de la misma manera que se advierten diferencias de
nivel entre un virtuoso del violín y un principiante, es posible
admitir que no todos los artistas plásticos ejecutan sus obras con
los mismos niveles de creatividad, originalidad y calidad.
Los organizadores, jurados y curadores de las bienales y
concursos de arte pretenden ignorar que artes visuales y artes
plásticas no son la misma cosa. Los ponen a competir a todos
juntos. Ni siquiera en las ferias de animales se ponen a competir
los chivos con las vacas o los padrotes con las garzas. Pero no es
ignorancia.
El problema es que el lugar de las artes plásticas está siendo
tomado. Se las quiere aniquilar, sacarlas de circulación,
eliminarlas por completo. Los museos de arte contemporáneo retiran
incomprensiblemente la pintura y la escultura de sus salas y en su
lugar aparecen enormes espacios vacíos con instalaciones de
utilería, con una parafernalia de desperdicios acumulados aquí y
allá. Para que usted los tome en serio, estos objetos vienen
acompañados de sesudos mensajes filosóficos, ecológicos o
políticos.
Es arte conceptual, le dicen. A diferencia de las artes
plásticas y de las artes visuales, este un arte creado para el
pensamiento, no para los sentidos. La sensación es similar a la de
asistir a un concierto sin músicos ni sonido, en el que se le dan
indicios para crear usted, en su cabeza, su propia música. Tiene
su gracia, porque el arte conceptual inicia al espectador en los
laberintos de la meditación. Lo que no tiene es novedad. Todo esto
se basa en el mismo principio y realiza la vieja secuela del
orinal de Marcel Duchamps. Aunque se presenta cada vez con visos
de novedad, se trata de una novedad que ya ha cumple cien años.
Fernando Ureña Rib