El vértigo de la creación
Escribir sobre vida y
obra de Voroshilov Bazante (Quito, 1939), con un lenguaje que
no sea el de la pasión, sería, por lo menos, inauténtico. Para
Bazante los poderes del arte y, por cierto, los de la vida,
son sinónimo de pasión, y ésta, en su cota más empinada y
tensa, no es sino expresión plástica en estado de pureza
caótica: libertad desaforada, poesía.
El artista tuvo una niñez muy difícil, pero algo en la fibra
más íntima de su ser (un ángel, un demonio, un espejo de
obsidiana, de aquellos que nuestros antepasados usaban para
afanarle la energía al sol), impidió que este período de su
vida lo impregne de amarguras o flaquezas, al contrario, lo
fraguó en el metal más altivo y tenaz, pero a la vez noble,
generoso, sensible. Bazante, iconoclasta, apasionado,
vehemente, capaz de armarse de una navaja de barbero y en
plena inauguración de una Bienal solemne y acartonada,
desgarrar su lienzo como símbolo acusatorio del oficialismo
cultural, o zampar por los aires a un hombretón vacío y fatuo
que osó mofarse de algunos de sus malabares, es también el
mismo que convoca a los famélicos perros del vecindario para
darles de comer de su mano.
Su padre, Atahualpa Bazante, militar renombrado, valeroso,
bizarro, de ideales revolucionarios, lo llevó de un lado a
otro por el país junto a su segunda esposa a quien, el
artista, la creyó su madre durante largo tiempo. En la Base
Militar de Galápagos, vio, fascinado, la saga filmográfica de
Tom Mix y otros héroes legendarios del viejo oeste
norteamericano. La figura del caballo que completaba la de
estos íconos se le grabó para siempre.
Ella sería una de sus obsesiones. La ha hecho y deshecho
-recuérdese su estupenda y extraña Disección de las formas de
un caballo en la cabeza de toro, 1982-; la ha plasmado de mil
y un maneras; la ha dotado de brío, frenesí, magia (Bazante
pinta un caballo en cuarenta segundos, ¿para qué bocetar, por
qué, si todos los temas que asume Bazante están coadunados a
su propia sangre?); la ha amado hasta la extenuación,
succionándole todo su encanto, fuerza, instintividad,
grandeza. Actos tumultuosos de amor -como toda la obra Bazante-
sus caballos únicos, irrepetibles, galopan en la
intemporalidad.
Por 1947 residía en Tulcán. Un portaviandas que debía llevar a
algún sitio por disposición de su madrastra se le cayó de las
manos provocando un incidente familiar. La primera estampida
de Bazante -no escape, no huida, la reciura irrefrenable de su
temperamento no le da para acciones represadas en la medianía
y esta impronta marca el itinerario de su arte, compulsivo,
pujante, extremoso, cargado de presagios (Voroshilov se
adelantó al Pop-Art, pero aquí generó sarcasmos a sus
espaldas; a inicios de los ochenta incorporó postulaciones
cibernéticas a su pintura y casi al mismo tiempo, planteaba
simbologías propias del realismo maravilloso), sabiduría:
entre los pintores de su generación no hallo para su abstracto
no solo en Ecuador sino en América Latina.-
Por más de un año erró el futuro artista solo, ganándose la
vida de limpiabotas o voceador de periódicos hasta que fue
recogido por una familia norteña y llevado a una hacienda de
su propiedad. Allí amó el paisaje, los ambientes bucólicos,
los caballos, la hermosura de las campesinas.
En estos vastos espacios -sol, piedra, viento, agua- sintió
por primera vez el deseo indetenible de cautivar de algún modo
los prodigios que lo rodeaban: valles y montañas, la estampa
del caballo (su libertad, su dignidad), el desnudo agreste de
las campesinas que se bañaban en el río. Un día arreó un
caballo con desmaño y el resultado fue la muerte de cuatro
vaconas. Su segunda estampida. Bazante, trashumante
empedernido, eufórico, alborotador, duende del arte y de la
vida, ha pasado su tiempo yéndose -¿de él mismo?- de un lado a
otro por los cinco continentes; jamás ha estado quieto, al
punto de que en nuestra larga, irrevocable amistad, ha habido
ocasiones en que, al despedirme de él, he preferido no volver
la cara, sentía miedo de verlo difuminarse en el aire. Ahora,
a sus sesenta y un años, parece, al fin, anclado en una casa
de San Rafael, junto a su compañera, Raquel Camacho, artista
también, y a su hija Valeria. "Me he evadido de los límites
demasiado oscuros / Y no puedo volver/ He cubierto de sal los
trazos de mi rostro / Busco en el sol / Busco en las tinieblas
/ Y busco en tu corazón un eco imposible..."
A Pasto fue a parar en esta nueva aventura Voroshilov y en ese
lugar fue descubierto por su familia adoptiva. Después de
arduas pesquisas lo devolvieron a su verdadera madre, en
Ambato, mujer fuerte y talentosa, una de las primeras abogadas
del país, quien se hizo cargo de su educación. Bazante
concluyó la escuela pero a los doce años ganó un concurso de
dibujo. A partir de allí a dibujar y pintar bajo una premisa
que forja a los grandes: jugar, revelar todos los aspectos de
su personalidad sin encerrarse en la celda de su inconsciente,
sin temer a la libertad, ni siquiera a la posibilidad de
liberarse de los apremios de su inconsciente.
Volatinero, burlador, escurridizo, Bazante dice sí a la
angustia de crear, pero más, mucho más a su éxtasis. El ha
jugado a pleno, ha echado hasta su último céntimo sobre la
mesa para arruinarse o hacer saltar la banca, pero a sabiendas
que iba a ser ganador. Por lo demás, un niño inquieto y
prodigioso bullirá siempre en él, ahora mismo solo piensa en
dónde y cómo adecuará su tren y sus barcos que nunca lo han
abandonado -piezas maestras salidas de sus manos- en su nueva
casa. "No es preciso ir más lejos / Las joyas han quedado
presas en mí / Las mariposas negras del delirio / Remueven sin
saberlo las cenizas del pasado...."
El pintor fue conocido en todos los colegios de Ambato,
ninguno de ellos pudo lidiar con él. A los diecisiete años
trabajó con ingenieros planos y dibujos técnicos y se vinculó
al grupo de intelectuales más lúcidos de esa ciudad. Pero fue
Méntor Mera quien más lo influyó. Hombre sabio, conocedor
profundo de Marx, Lenin y de la gran literatura universal, lo
inició en la lectura, otra de las pasiones de Bazante.
Ya había dibujado y pintado bastante. Apenas conoció que iba a
realizarse una Bienal en Sao Paulo trabajó tres obras y vino a
Quito para presentarlas a Benjamín Carrión, Presidente de la
Casa de la Cultura Ecuatoriana. No convenció al maestro el
arte de Bazante y lo instó a que trabajara más. Irascible,
Voroshilov, arrojó sus cuadros a un basural y retornó a Ambato
pregonando que había sido aceptado. Solo él asumió
íntegramente su fracaso, pero su avasallador coraje no se
detuvo, siguió trabajando sin pausa. Oleos, telas, pinceles,
tintas, cartulinas, corrían a cargo de su abuelo devenido en
Mecenas.
Todo comienzo es difícil
La primera exposición individual de Bazante concitó interés
pero también acerbas críticas: su figurativismo zozobraba en
procesos dibujísticos deficientes. Pero en él había un
artista, qué duda cabe, y, paralelo a sus viajes -de manera
repentina, otra vez el sello de su ciclónico carácter, se
convirtió en trotamundos- empezó a dibujar y pintar con mayor
denuedo. Voló a Brasil, Bolivia, Colombia, España. En cada
ciudad, en cada puerto, ejecutaba fulminantes paisajes o
retratos que los vendía a buenos precios, pero, al margen de
estos ejercicios, estudió, averiguó, ensayó, miró -mirar de
verdad supone un arte, para acceder a él es preciso mirar
mucho y comparar, Bazante pasaba días y noches en museos o
talleres de pintores- y el resto del tiempo zahondaba en su
oficio. Desasosiegos y vacilaciones lo atormentaban, pero su
voluntad de superación es inextinguible.
El adiestramiento ardoroso y creador atraviesa la vida de
Voroshilov y este le ha dado virtudes de profundidad. Todo en
él ha convergido hacia el horizonte de una obra en crecimiento
perpetuo. Instante a instante esa compleja urdimbre de dación
absoluta al arte se ha cerrado más en su vida de trabajo,
convirtiéndole en un maestro.
Entrega en cuerpo y alma a su obra, tomar y retomar a cada
lienzo, a cada cartulina, a cada papel una meditación de su
arte para que estos soportes sean la cabal expresión de su
espíritu insondable, he allí el secreto del destino creador de
Voroshilov Bazante. Y rodeándolo todo -o quizás conformado su
esencialidad- su vitalismo exorbitante: perplejidades, saberes,
exploraciones, desmesuras, recorridos subitáneos e intensos
por todos los infinitos humanos.
TOMADO DEL DIARIO LA
HORA, EL ECUADOR